Después de los aplausos tras la conferencia y de atender a las decenas de personas que querían preguntarle o sacarse una foto, notó un vuelco en el estómago, seguido de una creciente sensación de angustia a la altura de la garganta. Racionalizó los síntomas, pensando en que no había tenido tiempo de tomar nada a media mañana y que ya era prácticamente la hora de comer.

Tras despedirse de los organizadores, que no dejaban de recalcar lo buena que había sido la conferencia y lo importante de su trabajo, salió del evento caminando hacia el coche, aparcado a un par de manzanas. Mientras caminaba, sin querer mirar a nadie por la calle, la sensación inicial de angustia pasó a ser una mezcla de agitación y tristeza.

Aguantó hasta que se sentó frente al volante y cerró la puerta. En ese momento rompió a llorar en un intento automático por liberar la tensión. En su cabeza solo se repetía como un mantra, “Eres un fraude”.

Si has sentido algo parecido en cualquier momento, a pesar de que estés triunfando y las cosas te salgan bien en lo profesional y lo personal, incluso aunque tengas lo que se llama “un perfil de éxito”, estás sufriendo lo que se ha venido en denominar el síndrome del impostor“.

Consiste fundamentalmente en que la persona no es capaz de interiorizar todos sus éxitos y avances, todo lo que está consiguiendo y mantiene la creencia que es poco menos que un engaño o un fraude. A menudo, también piensa que no es suficientemente inteligente, no está correctamente preparada y ante cualquier elogio, por muy sincero que sea, que está sobrevalorada. Siempre piensan que su éxito no se debe a ellas, sino a factores como la suerte, por ejemplo. Estas sensaciones y creencias van también acompañadas de miedo (y por tanto de un componente fuerte de estrés) a ser “descubiertas”.

¿Eres mujer? Pues eres más propensa.

A lo largo de mi vida, especialmente en mi faceta de coach y mentor, he visto muchos casos. Y en un porcentaje mayoritario, de mujeres (los datos indican que habitualmente les afecta más que a los hombres). Mujeres con responsabilidades en las empresas donde trabajaban o que se habían tenido que reinventar como emprendedoras con negocio propio, todas ellas con muchas, muchas dudas sobre su capacidad y su papel y un alto estrés debido a su miedo a no dar la talla, su desvalorización y sus dudas internas sobre si hacen o no lo correcto.

El problema es el gasto energético que deben efectuar a nivel biológico derivado de ese estado emocional. Los mecanismos del estrés hacen trabajar a ciertas hormonas y neurotransmisores, incluyendo a las denominadas catecolaminas, que precisan de una cantidad de energía tremenda para hacer su trabajo. El cerebro interpreta que estamos en peligro y pone en marcha toda una colección de sustancias para activar la lucha o la huida.

Más allá de los evidentes daños físicos que pueden producirse en situaciones de estrés mantenido en el tiempo (riñones, hígado, corazón, y en general, los sistemas cardio respiratorio, circulatorio e inmunológico trabajan con sobreesfuerzo en estos casos), el exceso de energía que se emplea es energía que se resta a las actividades personales y profesionales.

Para estas personas, la consecuencia de estar pendiente de ser descubiertas, es realizar todavía más esfuerzos, incrementar el grado de perfeccionismo y detallismo en el trabajo ya existente (que suele ser mucho) y como resultado, “quemarse” profesionalmente o, en el peor de los casos, caer en estados depresivos.

¿Qué hacemos con esto?

El síndrome, siempre que no haya avanzado hasta esos estados, es perfectamente posible de atajar si se establecen una serie de hábitos y estrategias. Mi trabajo en estos casos consiste, a través de recursos de coaching y otras disciplinas asociadas, en que la persona se plantee mentalmente escenarios donde pueda desarrollar su trabajo sin ser evaluada o controlada, normalmente sacandole del contexto en el que se desarrolla la situación y una vez hecho, facilitandole desarrollar una estrategia propia que llamamos de “inmunización”.

Es decir, la persona fabrica su “vacuna” a nivel mental y emocional que le “inmuniza” contra críticas, respuestas, observaciones o incluso elogios, esto es, cualquiera de las actitudes o situaciones que antes le hacían sufrir el “síndrome del impostor”. Mientras la fabrica,  se va convirtiendo en la única persona con capacidad para valorar el alcance de lo que hace. Solo responde ante ella misma y eso la empodera progresivamente, hasta eliminar la barrera que mantiene contra la interiorización de sus propios logros.

Cuando eso finalmente sucede, la persona es consciente de su valor y de su talento y aunque pueda mantener algunas reticencias de cara a los demás (la modestia o la timidez son otras barreras que tienen influencia que hay que valorar), internamente está segura de lo que hace y de su aportación. Disminuye por tanto ese pánico a ser “descubierta” y en consecuencia las dudas quedan disipadas. Todo se normaliza y la persona puede volver a recuperar la alegría y el interés por su actividad.

Si sufres o crees que sufres este síndrome del impostor, plantéate pedir ayuda. Merece la pena atajarlo antes de que se convierta en algo que requiera una intervención mucho más profunda y de más tiempo de duración.

Recuerda que solo tú eres responsable de tu propia vida.