Piensa por ti

Piensa por ti

No hay un hueco en ningún sitio para decir qué es lo que nos pasa.

No hablo de quejarse, hablo de compartir inquietudes, soledades, temores, o simplemente contarle a alguien tu vida.  No importas mucho en comparación con el continuo bombardeo de otras cuestiones que están calificadas, en una escala no escrita, pero fríamente presente, como infinitamente más graves. Estás rodeado de perfumes agrios de corrupción, sabores rancios de independencias y contraindependencias varias, sonidos aterradores de amenazas terroristas (y no tan terroristas), miradas que te parten el alma de niños refugiados, pesadillas de maltrato y violencia y un sinfín de estímulos que desbordan tus emociones, tus instintos, tu capacidad de asimilación de eso que algunos se empeñan en nombrar como “la” realidad.

Y en medio de todo, tú sólo quieres compartir con alguien un malestar, quizá un sueño, un pequeño deseo secreto al que llevas dando vueltas, tu ansiedad ante algo, dolorosamente cotidiano y ramplón en la valoración de los demás, que se aproxima. Tu incertidumbre ante el futuro, tus esperanzas, tu alegría por esa nimiedad, así calificada por los demás, que ha sucedido en tu vida. Pero eso no es importante. Es casi un insulto pensar en eso y no integrarse en el subconsciente colectivo alterado sensorialmente que te describía antes.

Con pudor, con extremo y frustrante pudor, evitas quedar con alguien para contárselo. Por supuesto no quieres hacerle perder su valioso tiempo diario destinado a la preocupación, a la queja o al rezongamiento por el problema de turno, así que tampoco le llamas. Ni, permíteme que te lo diga, siquiera le “pones” un whatsapp. El whatsapp está solo para mandar memes, vídeos, chistes, chascarrillos de oficina y la utilidad principal, es decir, provocar confusiones que introduzcan sal, pimienta y a veces cayena en las relaciones. No uses el whatsapp para decirle a nadie como estás, que es lo que te pasa, porque puede hasta bloquearte por insolidario, por egoísta o por coñazo.

Así que, amparado en el anonimato que da la velocidad a la que transcurre un timeline de facebook o twitter, quizá te has armado de valor y te has puesto al teclado: “Me siento esperanzado por mi nueva etapa”, “Estoy molesta con mi vecina de abajo”, “Estoy deseando que nazca mi hijo”, “Tengo ilusión por qué me lleven a comer a ese restaurante” y cientos de expresiones, banales y fútiles comparadas con el peligro de la crisis china o la cruel tortura de un toro y que, al contrario de lo que puedas pensar, también impactan, también remueven, también movilizan. Sobre todo porque aquellos y aquellas que te leen también tienen la suya guardada. También quieren contar lo que les pasa, aunque también renuncian a ello, apesadumbrados y apesadumbradas porque lo suyo no tiene importancia ante la que se avecina. Menos que la última barbaridad de esa presentadora o la sucesión de exabruptos que se escuchan en ese programa salvador. Lo único malo es que toda esa empatía se esfuma a golpe de clic cuando se recarga la página. Lástima.

Y, que quieres que te diga, todo esto al final frustra. Cansa. Nos empieza a hacer herméticos y desconfiados. Las (pocas) tertulias se convierten en discusiones, en sesudos análisis sobre la educación, el funcionamiento de la sanidad, lo cazurros que son los que no piensan igual que nuestra propia opción política o que preocupación, más allá de que coche deportivo comprarse este año, habrá pasado por ese futbolista que torció el gesto al coger la toalla en el entrenamiento. Hablamos de lo ajeno. Pero ya no de lo de nuestro entorno, sino de lo que no conocemos y en muchos casos ni conoceremos.

Yo no soy quién para decirte nada sobre lo que tienes o no tienes que hacer.

No soy quien, ni mi trabajo es ese. Sólo escribo esto por si te puede ayudar a reconocerte y a reflexionar sobre ello. Sí quiero decirte que tu individualidad, lo que a ti te sucede, es lo más importante del mundo. Sí quiero contarte que si renuncias a expresarte, te despersonalizas. Y si haces eso ya no eres libre. Ya no decides. Ya eres alguien que no reflexiona o discurre por sí mismo, sino dentro de ese ente tan mal llamado “conciencia colectiva”. Aquello que te dice lo que has de hacer y lo importante que es no salirse de las líneas que están marcadas.

Piensa por ti. Pero también exprésalo. Es importante que nunca pierdas eso. Y aunque te miren de forma rara, piensa que quizás hay un tinte de envidia en esa mirada, porque la persona que te escuche también estará deseando hacerlo. Y encima le darás motivos para la reflexión, porque comprobará que alguien se ha atrevido a llevarlo a cabo.

Y si te cuesta, si se te hace un muro difícil de superar, tampoco desesperes. Ya sabes que #tienescoaching

By | 2018-02-02T10:54:38+00:00 septiembre 16th, 2015|Coaching, Desarrollo personal|0 Comments

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