Los freelance tenemos pocas herramientas para hacernos ver en la colmena que configuramos junto al resto de nuestros colegas. Así las cosas, los blogs son un gran recurso para posicionarnos y dar a conocer lo que hacemos. Por ello, dedicamos una parte importante de nuestro tiempo a ser rigurosos e intentar hacer llegar el mensaje de la mejor forma posible desde nuestras webs .

Sin embargo, esta es de la clase de entradas de blog que no busca visibilidad ni divulgación de ningún tipo, aunque esté íntimamente relacionada con lo que hago. Es de las veces que escribo porque no tengo más remedio que dar testimonio de mi parecer. Y si además, con ello puedo modestamente inspirar a alguna persona que lo lea, habré cumplido deseo y misión, lo que no es poco.

Desde pequeños se nos ha inculcado que es bueno dar las gracias. Los de mi generación aprendimos que eso congeniaba dos términos comunes y cercanos: respeto y educación. Quizá las generaciones venideras lo han aprendido de otra manera, pero estoy seguro que el agradecimiento ha figurado en ese «catecismo» laico que la mayoría de padres han impartido a sus hijos.

¿Y a qué viene todo esto?

Sencillo. Estos días ha habido un gran revuelo en los medios y sobre todo en las redes, como reacción a unas manifestaciones, en el marco de un acto político, de Pablo Iglesias, líder del partido Unidas Podemos. Todo vino cuando la candidata a la presidencia de la Comunidad de Madrid de su partido, Isa Serra, realizó en el marco de un debate electoral, al respecto de la donación del presidente de Inditex,  las siguientes declaraciones :

«La sanidad pública no puede depender de la caridad o del humor con que se levanten los millonarios. Lo que necesitamos es que las personas como Amancio Ortega paguen sus impuestos»

Ante la avalancha de críticas con mayor o menor fortuna, Pablo Iglesias defendió a su candidata pronunciando la frase de la discordia:

«Una democracia digna no acepta limosnas de multimillonarios»

No entro a juzgar (ni siquiera a opinar) sobre el calado político o ideológico de estas manifestaciones, realizadas ambas en el marco de una campaña electoral, aunque esto no minimiza ni su trasfondo ni su significado a nivel del comportamiento humano, que es lo que a mi particularmente me ha llegado. Para mí la cuestión es otra.

La cuestión no va de política, va de valores.

Y lo digo porque el impacto que para mi han tenido esas manifestaciones ha sido desde el punto de vista de algo que trasciende el ruido y la bulla política. Creo que, sin pretenderlo, el debate entre partidarios y detractores de esas afirmaciones es un debate sobre valores. En concreto sobre uno de los más reseñables del ser humano, la gratitud, a la que también denominamos agradecimiento.

Por encima de ese respeto y educación al que yo me refería al inicio, la gratitud implica algo mucho más intenso, de superior calado, en cuanto a la calidad de las relaciones humanas. Una frase de Francisco de Quevedo dice:

«El agradecimiento es la parte principal de un hombre de bien»

Más allá del genérico empleado en su época, la frase lo dice todo: la principal cualidad de una persona de bién, con todo lo que eso implica, es el agradecimiento. El verdadero equilibrio ante el gesto de Amancio Ortega y la sociedad que ha sido beneficiada con su donación es la gratitud. El renegar de ello, por contra, constituye un acto de desequilibrio. Un acto mucho más allá del dislate que supone pregonar el aumento de dotación para gasto social y no aceptar la contribución de un ciudadano, por muy millonario que sea. Contribución que supone menos dinero en gasto sanitario y más disponible para otros fines, entre ellos los sociales.

Aquí no vale todo

Y fomentar el desequilibrio, amparándose en un discurso de «dignidad democrática», para lanzar un mensaje de lucha de clases mal entendida o incluso para enmendar la plana a una candidata, no es algo que a mi me convenza. Hacerlo es despreciar y devaluar los valores de siempre y eso fomenta la degradación moral.  Algo que nos ha llevado en parte a estos tiempos en los que cualquiera considera habitual que un político robe o mienta. Y ese, curiosamente, es un caballo de batalla del partido de Iglesias, la degeneración moral que ha traído como consecuencia la corrupción política.

Apostaría algo a que Amancio Ortega haría suya, dentro de su inteligencia emocional (que la tiene y mucha), la frase de Terencio:

«Ningún hombre pedirá que se le agradezca aquello que nada le cuesta»

Y no me gustaría, ni mucho menos, que la tesis de Pablo Iglesias se hiciera común y que adquiriese un significado distinto esta frase de Anne Frank:

«Los muertos reciben más flores que los vivos porque el remordimiento es mayor que la gratitud»

Agradezcamos lo que tenemos y lo que se nos proporciona. La gratitud es de lo poco que da sentido y equilibrio a las cosas. Y además es de lo poco que nos queda.