La expresión “sacar la basura”, para referirme a lo que hoy quiero contar aquí, no es mía. La escuché en una película que muchos conoceréis y los que no, ya tardáis en verla. No hay excusa porque está  enterita en Youtube y se llama “El guerrero pacífico”. Para los más vagos, podéis verla pulsando aquí.  Solo tendréis que sentaros y darle al play. Si estáis buscando respuestas, os va a merecer la pena, estoy seguro.

Entrando en materia sobre lo que quiero decir, el caso es que he pasado estas últimas semanas sacando mucha basura, muchas cosas que no sirven para nada y que solo ensucian o estorban para el verdadero propósito que pretendo. Y digo “sacar basura” de un sitio muy especial, de mi propia mente. De eso que la mayoría conoce como cerebro (yo personalmente creo que va mucho más allá, aunque en él se genere y proyecte todo), que otros definen como memoria y algunos como conciencia. Yo prefiero llamar mente a todo ese conjunto de lo material y lo inmaterial. Definirlo así, aunque etimológicamente no sea exacto, me sirve para sentirme seguro con una denominación y sobre todo para economizar mas descripciones en la escritura.

Tengo que decir que sólo me he topado con la necesidad de sacar la basura cuando vi que por más que enfocaba, por más dedicado que estaba al objetivo, por más que trabajaba poniendo intención y esfuerzo, mis retos, las cosas a las que me estoy dedicando, inexplicablemente no terminaban de salir.

Una vez que se disipa la lógica confusión por la frustración que supone, caes en la cuenta que necesitas mucho más tiempo para los razonamientos, que se gasta mucha más energía en llegar a las conclusiones que hace unos meses eran mucho más fáciles de alcanzar, que la maquinaria no funciona como debería de funcionar aun siguiendo el manual, ese plan estudiado y preestablecido que cuidadosamente preparamos.

Nuestro cerebro funciona en algunos casos de forma muy similar a como lo hace un ordenador. En nuestro registro interno de ese sistema operativo mental, se van acumulando sentencias y rutinas, en forma de creencias, juicios, opiniones, opciones o consejos (bien o mal intencionados), que sirvieron en su día para acometer dilemas o problemas, para afrontar las necesidades de ese momento concreto en el que los usamos, y que, en razón de haberlos identificado nuestro querido sistema operativo como útiles, han permanecido latentes (como permanecen ciertas sentencias de programas en el registro interno de un ordenador, aunque elimines lo “gordo”, el software, ese mecanismo de resolución de los dilemas o problemas que antes comentábamos). Esas colas de datos, esas realidades inventadas, ralentizan la capacidad de cálculo de la máquina, como también sabotean la capacidad de rendimiento de nuestra mente.

 

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Sucede que estando concentrados en desarrollar un proyecto, atentos a sus detalles, se nos va la mente, aunque sea de forma inconsciente y en cualquier caso muy sibilina, muy sin avisar, a otros lugares, a otras circunstancias, a otros momentos y formas de hacer que en ese espacio y lugar no identificamos, porque no estamos entrenados en prestar atención consciente a todo lo que nos pasa por delante y mucho menos a discernir sobre la marcha sobre si eso que “notamos” pertenece al asunto en el que estamos ocupados o no.

Esto sucede aunque estemos entrenados para un grado de concentración alto y sepamos conscientemente separar otros estímulos que puedan distraernos, incluyendo los emocionales personales que no tienen que ver con el trabajo. A veces les echamos la culpa a estos últimos (“…es que tuve una noche de perros “) , pero no se trata de esto, sino de las propias instrucciones que introdujimos en su día para resolver otros problemas.

Surgen entonces los errores y las repeticiones por la dificultad real de concentración. Tras las repeticiones y el redoblar esfuerzos para superarla aparece el gasto de energía suplementaria. Y si no estamos demasiado frescos, surge el bloqueo, la interrupción brusca del proceso. Eso que llamamos eufemísticamente “falta de ideas” o “falta de creatividad” tiene que ver en gran medida con ello.

Para vaciar la basura (sin tener en este caso que formatear, desde luego), en mi caso he encontrado varias opciones.

Una de las que más y mejor ha funcionado en estos días, es la práctica de la meditación, sistemática y ordenada. Puedes ver un excelente post del blog de Reiki para todos explicando muy claramente lo que es y aportando varios ejemplos. Yo he tenido que hacerla en grupo porque la ayuda en este caso me ha sido fundamental. Puede ser muy difícil plantearse la disciplina necesaria para meditar en solitario.

Realmente, con esa autoimposición podríamos estar tirando piedras contra nuestro propio tejado, añadiendo otra instrucción más, para seguir generando un desbordamiento mayor, ese “overflow” que tratamos de evitar. Aceptar la obligación de salir de casa y hacerlo en un lugar y ambiente que predisponga a ello ayuda mucho. Es similar a hacer ejercicio en un club o con un grupo de personas. Particularmente me he convencido que es una soberana estupidez el tratar de abordar todo en solitario simplemente para demostrarse  a sí mismo que se es capaz. Es mucho más fácil buscar la compañía y la energía de personas que también tengan ese propósito. A veces queremos andar el camino más complicado cuando mas cansados estamos.

Quiero profundizar en los próximos meses más en todo esto, aprendiendo y practicando técnicas de meditación. El Coaching es una excelente herramienta, para mí la mejor para resolver dilemas, creciendo y aprendiendo a la vez,  pero en ocasiones, por sí solo no basta para poner en orden todo lo que tienes que poner. Sólo somos este momento, sólo podemos vivir el aquí y el ahora, como también se dice en la película.

Así que cuando parezca que el bloqueo se adueña de ti, que no aparecen las ideas, cuando sientas que todo se hace mucho mas cuesta arriba, prueba a sacar la basura de tu mente.  El aquietarla primero, para poder razonar de forma mucho más fluida después, es algo que cualquiera debería hacer con regularidad. Tanto como controlar su colesterol  o leer la letra pequeña de los contratos. O incluso sacar la basura de casa, la de verdad, antes de que empiece a oler en el cubo.

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