Hace unos años que tuviste que hacerlo por primera vez. Entonces fue la crisis, la amortización de profesionales como tú, que ya empezaban a costar más dinero del que la empresa podía teóricamente pagar. Tras unos meses de llamar a los contactos de la agenda, que misteriosamente estaban muy ocupados o ya no trabajaban en lo que tu creías que trabajaban, e ir eliminando de la lista sucesivamente a headhunters, portales de empleo, amigos y gente de la familia, desististe en tu empeño de volver a trabajar por cuenta ajena.

Y te pusiste a emprender. Al menos eso sonaba bien. Tu propia empresa. Caramba, ya era hora de demostrar tu valía.

Tuviste que aprender (por cierto, a base de pegarte algunos topetazos, como siempre te habían dicho que los humanos aprenden las cosas), eso de que para poner en marcha un negocio hacía falta mucho más que esa experiencia laboral que tenías. Incluso mucho más que ese máster de prestigio que te costó un riñón y bastantes horas de sueño y que apenas habías amortizado con un ascenso.

Tenías una indemnización más o menos jugosa y el desempleo, que podías cobrar de una vez si ponías un negocio en marcha, así que te animaste ¿Que podría salir mal?

En el fondo descubriste que no tenías ni idea de cómo empezar. Te pusiste tarde y sin un plan coherente, únicamente con datos sobre «lo que te habían dicho» que eran las tendencias en nuevos negocios y en una de ellas invertiste.

Aun así, después de unos años complejos, llenos de horas robadas a tu tiempo personal, esfuerzo máximo, algunas decepciones, un estado de estrés casi contínuo, caídas y recaídas, al menos tu idea empieza a funcionar.

Bueno, has triunfado. Tu reinvención ha finalizado.

¿Finalizado?

Ese momento de paz del «haber llegado», aunque es efímero, fútil y evanescente, a tí te sirvió para darte cuenta que sólo acababas de empezar, que tenías mucho margen para crecer. Eso sí, «dándole una pequeña vuelta a esto del negocio«. Cuando mediste esa «pequeña vuelta» te diste cuenta que quizás, que puede ser que tu negocio crezca, pero que si querías que eso perdurara en el tiempo y no estar permanentemente en lo que parece una carrera contínua con más topetazos, debías hacer cambios.

Esto es, ponerte al día, investigar y poner en práctica nuevas formas de negocios, tecnología o métodos.

Reinventarte otra vez, vaya.

Y hoy, precisamente hoy, te ha pillado este post de camino al banco para ver si puedes arrancar la carrera de nuevo, a costa de rehipotecar tu casa. Seguro que su lectura te ha devuelto algo, o mucho, de la realidad que parecías haber olvidado. La realidad por la que has pasado estos años atrás. Y con las mismas, has decidido bajar del autobús, cruzar la calle y en la parada del otro lado, coger otro autobús de vuelta. A pensar tocan.

Realmente no querías (o mejor dicho, no pensabas) que fuera así, pero ¿tú que sabías sobre todo lo que traería montar un negocio?

Reinventarse no es nada fácil, aunque sea un proceso por el que muchos tenemos que pasar a lo largo de nuestra vida e incluso varias veces. La diferencia entre una reinvención y una condena, es la reflexión, el análisis lógico y riguroso sobre la idea o el deseo y la ejecución de un plan viable para llevarla a cabo, todo ello antes de ponerse en marcha.

Este proceso revela cosas muy importantes:

Los objetivos concretos en los que se convierte la idea inicial, que muy a menudo están todavía en el terreno de los deseos o, como hemos visto antes, en el de los «consejos sobre tendencias de mercado«;

Lo que necesitamos para alcanzar esos objetivos en el tiempo que nos marquemos, y, en consecuencia, qué es lo que tenemos ya y qué es lo que tenemos que adquirir o proveer;

Qué posibles dificultades podemos prever en ese plazo de tiempo que puedan dar al traste con nuestros objetivos;

Cual debe ser el plan que tenemos que trazar con todo esto y cuales son los hitos intermedios y los indicadores de medida que debemos observar para saber si todo va bien.

Y finalmente, casi lo más importante: si nosotros, como personas, estamos preparados o no para asumir mental, física y espiritualmente la reinvención, el cambio. Y si no es así, como y cuando podemos estarlo.

El trabajo de coaching asegura esa reflexión de una manera objetiva y enfocada en la realidad. Y además elimina de raíz las «injerencias». Cualquier detalle adicional será un detalle que tu considerarás para que aporte al proyecto y si no lo hace, lo desecharás. Personas o trabajos que no aporten o sumen, podrán evitarse porque ya contarás con un criterio claro de qué es lo imprescindible, lo importante y de lo que se puede prescindir.

No irás, ni buscarás «a ciegas», el consejo o la información, sino que serás perfectamente capaz de adecuarte a las circunstancias y envites del entorno en el que te muevas, por complicados que sean.  Porque habrás calculado tu hoja de ruta, tu plan, previamente. Sabrás, en suma, que es lo que necesitas, que pasos tienes que dar y que tienes que evitar.

Y ademas, llegarás antes a alcanzar ese ansiado estado de reinvención. Podrás completar el proceso en un periodo de tiempo adecuado, sin consumir tus energías ni hipotecar tu tiempo como previamente lo habías hecho. La inversión en coaching es un ahorro de tiempo, problemas de salud y desde luego de tu energía tan necesarias en el día a día para que pueda s reinventarte y tu reinvención funcione.

Es una forma lógica, segura, con criterio y que te beneficia a tí y a los tuyos. No a la larga, ya mismo. Según estás realizando el proceso tu mentalidad va volviéndose más dúctil y abierta, más propensa a las nuevas ideas y a procesar las oportunidades. Ganas en concentración y en enfoque. Y eso ya sabes que vale muchísimo para tener que tomar decisiones.

Si tienes que reinventarte por cualquier cuestión, ya no te podrás poner la excusa de que eres tú contra el mundo cuando estés atravesando el desierto. Contar tu sufrimiento quedará muy épico en un storytelling de una conferencia, pero permíteme que te diga que es una soberana tontería, sabiendo lo que ya sabes.

Quedas avisad@.