Antes de entrar en materia y hablar de resiliencia, un vocablo por otra parte muy utilizado y cuyo significado no siempre se conoce,  me gustaría compartirte un párrafo de la introducción de mi libro «7 excusas para no optar a la vida que deseas: EN ACCIÓN»:

«En Julio de 2009, un ingeniero español se encontraba en un hotel del madrileño barrio de las letras, compartiendo con varios compañeros de su empresa, procedentes de toda Europa, un bufé frío tras una mañana de formación, en la que personal de la central americana les había instruido sobre la instauración y puesta en marcha de un nuevo software de gestión de clientes.
Mientras cruzaba la sala, con su habitual intención de tomar un café tras la comida (toda su vida había mantenido el mantra “si no tomo café es como si no hubiera comido”), se dirigió hacia una mesa donde se alineaban con precisión tazas, cucharillas y platos, se acercó hasta su altura un compañero, que hacía las veces de responsable de la oficina de la empresa en Madrid, pidiéndole en voz baja que le acompañara.
La frase que pronunció «¿Puedes venir un momento, que queríamos comentarte una cosa?», desviando la mirada hacia el suelo, no auguraba ninguna buena noticia, o al menos así lo indicó la intuición de nuestro ingeniero, mientras seguía a su ahora distante compañero hasta una recóndita parte del vestíbulo del hotel.
Sobre los mullidos sillones de diseño tapizados en color burdeos, observó a la directora nacional y a alguien que le habían presentado el día anterior como la nueva responsable de recursos humanos para Europa, sentadas ambas, mirando fijamente hacía él según avanzaba. Papeles y teléfonos sobre la mesa. Piernas y brazos cruzados, en claro lenguaje corporal indicador de la tormenta que se avecinaba.
Antes de que le invitaran a sentarse junto a ellas, nuestro ingeniero dejó su flamante BlackBerry de empresa sobre la mesa, intuyendo que nunca la volvería a recoger. En ese momento ya sabía que ese día no terminaría junto al resto de compañeros la jornada de formación.»

Esta es la descripción de la escena previa a la comunicación de mi cese, en la última empresa donde trabajé por cuenta propia hasta hoy. Tenía 46 años y si os habéis dado cuenta de la fecha, observareis que fue en medio de lo más crudo de la última crisis económica mundial que hemos sufrido. La palabra más adecuada para definir la situación entonces, siendo sincero, fue la de «trauma».

En la actualidad, ya como autónomo con actividad propia, después de casi 10 años he pasado por algunos traumas más, con un efecto emocional de desmoronamiento comparable a este. Tengo que decir con orgullo, que sumando las veces que ha sucedido, me he levantado una vez más de las veces que me he caído. Y a día de hoy, eso me indica que poseo una importante capacidad de resiliencia para mi propio uso.

Cómo se define la resiliencia.

El neurólogo, etólogo, psiquiatra y psicoanalista Boris Cyrulnik, autor de numerosos libros sobre la misma y el apego,  define la resiliencia como «Iniciar un nuevo desarrollo tras un trauma» y sostiene que no es medible. No podemos determinar cuál debe ser la cantidad idónea o si tenemos más o menos resiliencia. Depende de cada persona, de la circunstancia concreta y del entorno que existe, antes y después del trauma.

La definición (la más sencilla que puede hacerse, en palabras de su autor), concreta muy específicamente que debe existir un trauma y se debe iniciar un desarrollo. El efecto del trauma se concreta en bloquear emocionalmente a la persona y por tanto anular su capacidad de desarrollo y avance. El de la resiliencia sería desbloquearla de forma que el desarrollo vuelva a producirse. El definirlo como «nuevo» tiene que ver fundamentalmente con modificar las circunstancias y/o elementos que han producido el trauma.

Por tanto la resiliencia no es exactamente «resistencia emocional». Esta se da (de nuevo según Cyrulnik), cuando desde el nacimiento se ha recibido una impronta biológica. En función de la misma, si ocurre una desgracia, la persona se enfrenta a ella.

Cómo puede incrementarse la capacidad de resiliencia.

Fuera de las explicaciones de la psiquiatría (puedes ver una entrevista con Boris Cyrulnik muy esclarecedora al respecto), quizá lo verdaderamente interesante para nosotros es saber como se puede aumentar la capacidad de resiliencia para desbloquear un trauma.

Hay numerosas estrategias diseminadas por internet. Vas a leer cientos y cientos de recetas que insisten en ser válidas, pero por encima de todas yo he comprobado que la fundamental es saber gestionar el cambio. Si sabes gestionar el cambio, reduces la posibilidad de un trauma, es así de sencillo.

Pero, en sí misma, la gestión del cambio no es una receta, sino un auténtico menú. Y esto es porque a su vez, te vas a encontrar con otras tantas centenas de estrategias para llevarla a cabo a poco que tires de Google. Pero aquí tengo que poner un punto y aparte, porque para la gestión del cambio no hay manuales ni checklists. La gestión del cambio es personal, intransferible y siempre se debe llevar a cabo de distinta manera. Por así decirlo, es algo que debe ser personalizado.

Por tanto, hay que trabajar sobre historial, circunstancias, motivaciones, actitudes, entorno y necesidades que tiene cada persona. Y en función de ello, desarrollar un plan de acción personal para incrementar el nivel competencial en la gestión del cambio. Solo así podemos garantizar una adecuada respuesta ante una situación que pueda provocar el temido trauma. Actuar en el origen y no en la causa.

Coaching para mejorar la resiliencia.

Desde el punto de vista del trabajo personal y del cambio. el coaching siempre se ha revelado como una de las armas más eficaces. La característica más relevante del mismo es, precisamente, facilitar la reflexión y el trabajo interno personal. Conocer, en suma, cuáles son nuestras fortalezas, nuestros puntos de mejora y sobre todo, las herramientas y recursos que albergamos internamente para responder ante nuestras necesidades.

Si no existe un problema de raíz psicológico (ansiedad, fobias, conductas depresivas, ideas obsesivas,..), el coaching es la solución más rápida y eficaz de cara a mejorar la gestión del cambio.

Un coach debe valorar previa y adecuadamente las circunstancias y motivos  que llevan a que la persona no pueda resolver su trauma. Si no hay sospechas de que exista alguna patología como las mencionadas, el trabajo del coach será facilitar que la persona descubra cómo está gestionando el cambio en la actualidad.

A partir de ahí, facilitar la identificación de sus puntos de mejora para responder adecuadamente y con que recursos y herramientas cuenta para ello. Finalmente, ámbos trabajarán en un plan de acción concreto y personalizado para llevarlo a cabo.

Con todo ello y sabiendo gestionar los cambios la persona ganará en seguridad y confianza en sí misma. Ante cualquier situación adversa podrá analizarla y responder mucho más adecuadamente. Como antes decíamos, actuar de forma que el desarrollo no se detenga, haciendo los cambios necesarios para ello.

En esto consiste la base de la resiliencia. Contra más ganemos en la capacidad de gestionar el cambio, más resilientes seremos. Te lo puedo decir como coach y como persona que ha vivido la necesidad de aplicar esa condición.

Y sabes que tú también puedes hacerlo. Cuando quieras.