Una de las características más frecuentes que tienen las personas que inician un proceso de coaching, entre otras muchas que se repiten de forma muy notable, es la queja. Trabajo habitualmente con personas que han tomado la decisión de cambiar y por eso buscan en el coach alguien que les facilite este proceso. Pero aun con esa decisión tomada, lo más frecuente es que cuando se les pregunta el porqué de haber tomado esa decisión, la mayor parte de las argumentaciones se centra en  la cantidad de sufrimiento proveniente del exterior (otras personas o instituciones) que tienen que soportar. Muy pocas, yo diría que contadas con una mano, han sido las personas que han reconocido a la primera que el problema provenía de ellas mismas.

“Mi jefe”, “Mi mujer/Mi marido (o mi novia/novio)”, “Mi padre/madre”, “Mi familia”, “Mis vecinos”,  “Mi empresa”, “La sociedad actual” y un variado catálogo, son las estrellas de las quejas. Incluso “mi suerte”. Es curioso, porque se usa el concepto “suerte” como si fuera algo ajeno, algo que llega a la persona, más que algo que fuera parte consustancial de la misma.

Cuando alguna persona se queja de algo o alguien durante el desarrollo del proceso de coaching, siempre suelo preguntar lo mismo:. “¿Qué hay de ti en eso que criticas? “. Es decir, si alguien se queja de su jefe porque dice, por ejemplo, que es prepotente, no le hace caso y prácticamente le desprecia, mi pregunta sería : “Cuéntame cómo de prepotente eres tú”  o “¿Cuánto de esa prepotencia es tuya también?”. Habitualmente, si el proceso de coaching está bien llevado y las interpelaciones se hacen en el momento adecuado,  la persona se sincera y admite comportamientos similares a los que está viendo en el otro.

La mente está preparada para ahorrar energía y consumir lo justo. Ya lo hemos dicho en algún otro post. Por eso esos comportamientos o actitudes propias cuya sola aceptación (y naturalmente resolución) producirían un enorme desgaste son proyectados hacia los demás. En estos casos vemos en ellos, simple y llanamente, lo que nosotros mismos somos o pensamos.

¿Y cómo podemos saber si estamos proyectando nuestros comportamientos hacia los demás? Como pista, pensad en algo que os moleste especialmente de una determinada persona. No que “no os guste”, sino que os moleste de verdad. Algo que, además, sea una minucia. Incluso irrelevante, siempre desde el punto de vista objetivo de la gravedad del asunto. Eso que otra persona incluso calificaría (seguro que en alguna ocasión lo habéis experimentado) con la expresión “no es para tanto” ¿Lo tenéis? Pues eso precisamente es lo que hay que revisar para comprobar si es vuestro. Qué parte de ese comportamiento se reproduce en vosotros. Eso que tanto os molesta, ¿os pertenece? ¿Es vuestro?

En ocasiones, ni siquiera tiene porque ser propio. Puede ser perfectamente una herencia del pasado. Algo no resuelto con una persona querida o con cierto ascendiente sobre vosotros, algún comportamiento que os impactó y que sin querer fuisteis integrando como algo “lógico”…. En resumen, algo que conservasteis muy dentro, que os está haciendo daño  y en lo cual vuestra mente no desea trabajar, porque requeriría una gran dedicación de la misma, de manera que «prefiere distraeros”, haciendo que localicéis ese comportamiento en un lugar ajeno a vosotros.

El problema reside, habitualmente, en que no siempre las personas pueden hacerse conscientes de lo anterior. Y se tiende, en un alto porcentaje de ocasiones, a integrar estos comportamientos en la vida diaria y a hacerlos parte del funcionamiento habitual. En este caso no se trata de nuestras amigas las creencias, sino que aquí viajan en otro formato más peligroso, los comportamientos, las actitudes. Con el añadido que, además de no percatarse que son propios, se termina absolutamente convencido que son de los demás y por añadidura, es prácticamente imposible reconocer que no lo son, ante cualquier observación por parte de otros sobre lo desproporcionado de algunas reacciones. Eso llega a angustiarnos muy seriamente, hasta el punto que muchos comportamientos de este tipo acaban en enfermedades psicosomáticas.

Desde luego, puede resultarte enormemente complicado desenredar esa madeja cuando “algo”, que no sabes muy bien que es, te resuena interiormente y te hace daño cuando lo “ves” en la otra persona. Por eso, la asistencia de un coach que te haga investigar interiormente, a través del proceso de coaching, cuál es tu auténtica situación y facilite la “recolocación” del problema, mediante la reflexión y la toma de consciencia, se convierte en toda una ventaja contra la queja, paliando el daño y la infelicidad que la repetición contumaz de ésta provoca en ti mism@ y en las personas que tienes cerca. Muchas veces, en las más queridas.

Como siempre, estoy hablando de ti. Tú y solo tú tienes la llave para ser feliz.