Hace un año celebraba mi 55 cumpleaños en familia. Ayer volví a ver la foto, en la que alrededor de la pequeña tarta de queso con las dos velas en forma de «5» nos reuniámos mi mujer, Berta, mi hijo Alejandro y yo. La foto me devolvió una imagen en pijama y sin afeitar, de baja médica, intentando sonreír a la cámara del móvil para que se notara lo menos posible el dolor que me consumía hacía ya dos meses, provocado por la hernia discal de la que fuí operado poco después, el 1 de Marzo de 2018.

Lo único que paliaba ese dolor (recuerdo que no podía sentarme bien siquiera, ni tumbarme boca arriba, solo de lado), era el tenerles a mi lado. Ellos fueron mi apoyo y mi fuerza. Berta, con una fortaleza inusitada tras haber salido a su vez de una larga enfermedad que también la hizo pasar por el quirófano, fue mi sustento, mi enfermera, mi consuelo, mis manos y mis pies durante esos meses junto con Alejandro. Ambos estuvieron a mi lado como ayuda y soporte incondicional. Gracias desde aquí a los dos, nunca podré dejar de agradeceros lo suficiente.

Hoy, justo un año después, siento que arranca un nuevo comienzo, una nueva andadura. Una nueva andadura que se lleva gestando durante la mayor parte de 2018, casi al hilo del día en el que en el centro de salud de mi zona me quitaron las grapas de la cicatriz de la operación, aunque de esa gestación no he sido consciente hasta ahora.  Berta, de nuevo Berta, con su sabiduría y su amor infinito me lo hizo ver hace unos días: «Ahora estás en el vacío entre quien eras y quién vas a ser. No creo que quieras ser el mismo de antes de la operación ¿verdad? Pues deja entrar a ese nuevo Jose».

Reinventarse no sale gratis

A lo largo de casi diez años, desde que en Junio de 2009 la empresa donde trabajaba decidió prescindir de mí, la lucha por hacerme un hueco en lo profesional y el consiguiente desgaste ha sido constante. El combate, que he vivido con muy poco descanso mental, ha sido contínuo. La reinvención del ingeniero que pasó 21 años de su vida laboral en el recóndito sector de las instalaciones y el material eléctrico en coach, se ha consumado definitivamente, desde luego ya nadie me conoce o reconoce como ingeniero.

La inversión, en salud, en tiempo y económica también ha sido muy elevada. Y para aguantar combate, lucha, desgaste y pérdidas, tuve que construir mi propia zona de seguridad donde poder operar sin caer en el intento. Esa que muchos llaman «de confort» y que a veces es tan poco confortable, pero necesaria para poder construir algo ordenadamente.

Lo que pasa es que cualquier zona acotada implica límites, muros. Es cierto que puede ampliarse sin romperla, pero esos límites no son elásticos hasta el infinito. Un día llega el momento que no hay ni confort ni seguridad, porque los límites son tan difusos y tan finos que debes estar vigilando indefinidamente para que no se rasguen y aguanten. No te das cuenta y pagas de paso otro alto precio, el del estancamiento, la rutina, el hastío y la sensación de mediocridad.

Y esta última se produce no porque tú seas mediocre en sí, porque por tu experiencia otros pensarían que estás en una posición de excelencia con respecto a ellos, sino porque tú mismo así te sientes cuando ves que tu techo está todavía muy lejos y que te has limitado dentro de tu zona por ese miedo atávico a romperla. En cualquier caso ese alto precio, además del desgaste de energía brutal para hacerlo, trae otro sobrevenido todavía más terrible, la falta de autoestima, la culpa por acciones pasadas que en el fondo es la que no te deja arriesgarte y a consecuencia de todo ello, el miedo paralizante.

Así que para evitar todo esto, no hay más que tragar saliva, apretar los dientes y romper la ya fina membrana que aisla tu zona de seguridad. Esa zona en la que ya no se está, recordad, ni seguro, ni cómodo.

 

El vacío

Y al salir, el vacío. Porque cuando sales de tu zona de seguridad o confort no hay más que eso, vacío. Por eso es tan difícil de romper para los seres humanos, porque no hay nada afuera, más que ese vacío en el que no hay ningún camino por recorrer y en el que no sabes donde ir. Me hacen gracia los que, recogiendo un poco la moda del término, te dicen: «Es que tienes que romper tu zona de confort«. Resulta que romper la zona de confort o de seguridad es casi más difícil que romper una pared de piedra maciza con un martillo de carpintero. La angustia que se siente cuando no sabes que hacer, ni donde ir, es peor que mil sudores y mil ampollas en las manos al intentar hacer caer la piedra con esa herramienta.

Para romper la zona hace falta crear otra. Imaginada, sí, pero no simplemente soñada. Hay que delimitarla, darla forma y contenido, detallar que debemos tener allí cuando lleguemos y hacerlo de la forma más concreta posible. Esa es la zona que debemos tener en mente. Con detalles, con datos. Solo entonces podemos empezar a recorrer el vacío. Sabiendo que hay que ir creando un puente para pasar de una zona a otra.

Un puente hecho de una amalgama de estrategia, de nuevos conocimientos, de contactos clave, de propuestas de valor y de un sinfín de detalles que harán que ese puente sea sólido. Un puente imprescindible para recorrer el camino entre las zonas, que no está exento de riesgos e inconvenientes

Un ejemplo: yo he sufrido el olvido de algunos con los que colaboré activamente en el pasado, como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra desde que comenzó mi enfermedad. Y cuando he intentado «hacerme ver» desde el puente otra vez, se han limitado a saludar desde la ventana de su zona y se han vuelto a meter en ella. Son cosas que nos pasan a los autónomos. Otros, simplemente se han presentado y han intentado aprovechar mi debilidad, porque yo he tenido que construirlo todavía mermado, convaleciente y con necesidad de ayuda. En cualquier caso, agradezco a todos ellos porque me han permitido aprender más. Gracias de verdad.

Renovarte, no ser nuevo

Pero además de para construir, he descubierto que el espacio vacío entre zonas también sirve para respirar, para pensar, para darte tiempo a tí mismo y dar tiempo a los demás para que puedan absorber tu renovado yo, asunto imprescindible para afrontar la nueva zona. Obligatoriamente tienes que reconocerte y que te reconozcan, no puedes caer en el error de disfrazarte y no ser tú. Tienes que renovarte, no ser nuevo. Es un matiz muy importante.

En el vacío no vale todo. Hay que tener en mente tus objetivos permanentemente, corregirlos y afinarlos si es necesario. Conocer y ser muy fiel a tus valores y a tus convicciones para evitar caer en traicionarlos y volverte quien tú no eres por conveniencia o necesidad. No es fácil, pero se puede. Hay que explorar, refinar y adaptar a tu gusto, no al de otros. Aquí también la originalidad es dicha y ser original estoy convencido que, tal y como nos mostramos en este mundo de convencionalismos, es simplemente ser tu mismo. Se como eres y como sientes que debes ser y se dichoso con ello.

Mi vacío, la construcción de mi puente, se ha prolongado de Noviembre de 2017 hasta Febrero de 2019. La ruptura de la zona fue muy dolorosa, extremadamente, pero necesaria para mi supervivencia, aunque esto último lo haya comprendido después. Estoy preparado ya para entrar en mi nueva zona a partir de ahora. La vida sigue y yo quiero seguir creciendo con ella.

Vamos a por nuevas y excitantes batallas. Al fin y al cabo nunca he dejado de ser un guerrero. Esa es mi condición.