En estos momentos, cuando escribo y desde donde escribo es pleno verano. En lo tocante al calendario y en lo puramente meteorológico. Y es en estos momentos cuando, con la perspectiva de las vacaciones, comenzamos todos a reflexionar sobre cómo aprovechar el verano.

Y no lo digo por aprovechar el tiempo de ocio, simplemente. Es tal nuestra dinámica de estar permanentemente ocupados, que con frecuencia intentamos rellenar cualquier momento libre del que dispongamos en verano, con una actividad que, teorícamente, nos ofrezca placer. La realidad es que, bajo esta especie de obsesión, no llegamos nunca a desconectar, que sigue siendo uno de los principales objetivos de cualquiera.

Y me diréis que sí, que el trabajo y el jefe y los clientes se os olvidan, porque estáis haciendo muchas cosas que no tienen nada que ver. La realidad es que volvéis mucho más cansados, algunos con un síndrome de agotamiento preocupante, de lo que os fuisteis. Porque la desconexión no debe ser sólo de las formas o los símbolos externos, que no nos “cansan” tanto como el fondo, o sea, las actitudes que mantenemos.

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Como siempre, las creencias.

Es un problema, porque justo esa creencia de aprovechar el verano y su tiempo libre  (si no lo hacemos parece que perdemos la oportunidad de llevar a cabo lo que no podemos realizar el resto del año), es la que suele hacer que el propósito de unas vacaciones (el descanso) fracase.

A esta creencia se unen otras, ya más relacionadas con los miedos (gastar más de la cuenta, engordar más de la cuenta, sufrir un cáncer de piel por exposición al sol, sufrir gastroenteritis por tomar algo en el chiringuito, ahogarse en el mar,…). Sí, reiros. Pero no imagináis la cantidad de bloqueos que impiden disfrutar de ciertas cosas. De lo que nos ofrece la vida en este periodo, vaya, que no iba a ser menos que el resto del año.

Pero cuidado, que los miedos pueden ser todo lo contrario, deseos irrefrenables por hacer eso que habitualmente en nuestro lugar de residencia no podemos. Y aquí aparecen los excesos “que hay que hacer porque es verano” (beber más de la cuenta, comer más de la cuenta, tomar el sol más de la cuenta,  y un largo etcétera). Estos hacen que el efecto sea el mismo que sucede con el “aprovechamiento” del tiempo libre y los “miedos a hacer”, es decir, vuelta con frustración y mucho más cansancio del que había en la ida.

Ponle una solución

Como siempre en el equilibrio, en el punto medio, está la virtud. Y eso se aplica también a este periodo vacacional ¿Y qué hacer? ¿Cómo podemos afrontar nuestro periodo vacacional debidamente y además extender eso a nuestra vida cuando volvamos a donde residimos el resto del año?

Trabajar en unas cuantas sesiones esas inseguridades, esas creencias, esos miedos que hemos constatado perfectamente otros años que existen y que nos han impedido cumplir el propósito de descansar y cargar pilas, garantiza disfrutar de unas vacaciones magníficas y, sobre todo, reparadoras.

El coaching se emplea como herramienta para facilitar los cambios, para reflexionar y reorientar lo que hacemos y obtener beneficio de ello ¿Qué mejor inversión que unas sesiones?

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