Cómo volver a ser yo

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Cómo volver a ser yo

El mundo sabe dónde vas.

Eso está claro. Toda oposición va rindiéndose a tu paso y mejoras día a día. La exigencia es mucha, pero no importa. Parece que no te cueste dedicarle las horas que sean necesarias. Evidentemente estás triunfando, en el camino continuo y recto hacia el éxito. Has superado prueba tras prueba y te has medido a los más temibles adversarios. No ha importado tu género, ya que has hecho valer, con tu dedicación, con tu tiempo, con tu energía, que tú no eres cualquier persona. Tus resultados y tus logros están ahí y han de crecer día a día porque hay que mantener muy alto el pabellón.

Naturalmente, tampoco has descuidado a los tuyos. Ese compromiso con los que te rodean se ha mantenido. Si les has dado menos tiempo, debido a tu esfuerzo profesional, el que tienen es de una calidad superior. Prácticamente desde que vuelves a verlos tu dedicación es total. El esfuerzo se redobla y se sobrepone al diario. Ellos reciben de ti lo mejor, lo saben y te perdonan esas horas en las que no te han podido ver. Deberes, mimos, cenas, cuentos. Eres para ellos. Tú también lo sabes, como diría Julio.

Poco antes de caer como cae una encina talada encima de la cama y ya con los tuyos a buen recaudo en las suyas, un último vistazo a las redes. No hay que descuidar esa marca personal. Y tener consideración con esos amigos que has conocido hace poco. Quién sabe si mañana pueden ser importantes personal o profesionalmente. Networking del bueno hasta que te vas a dormir, que mañana tocan diana a las siete. No, mierda,  a las seis, que mañana viajas y tienes que estar una hora antes en el aeropuerto.

Cinco…seis…veinte…treinta y cinco…ciento setenta y dos días. Así pasan uno a uno. Ya va para cinco años que la vida es la misma de Lunes a Viernes. Desde que te ascendieron por última vez. Pero tienes el fin de semana. Ah, ese fin de semana en el que hay que hacer todo lo que no has podido humanamente hacer el resto de la semana. Compra para el frigorífico, compra para los tuyos que esos jerseys ya están casi rotos por los codos. Comida familiar, padres, suegros, hermanos y los chistes del pesado de tu cuñado. Luego, más tiempo de calidad y dedicación a los tuyos. Juegos y el resto de los deberes, esa cena que quedó aplazada con los amigos de toda la vida (que hay que cuidar como a los virtuales o más). Y la copa después. La maldita copa que maldita la gracia que te hace pero que tomas con tu mejor sonrisa. Luego extiende la jornada y cumple con tus “deberes” de pareja. Al fin y al cabo también te necesita…

El otro día te despertaste de noche. Eran las cinco de la madrugada y aunque te dolía el alma después de acostarte a las tres y media, no podías dormir.

La tentación del diazepam era fuerte, pero recordaste que no había sido un gintonic, sino tres y el vino de la cena y ante la perspectiva de caer en un colapso decidiste envolverte en la manta de cuadros que te trajiste de Harrods y sentarte en el sofá a pensar.

A pensar. El silencio de la casa era total. Ni siquiera se oía roncar a tu Beagle. También quiso contribuir, ya que aquella semana lo habías sacado seis días, dos veces al día. En ese momento, solo te rondaba un pensamiento, que se repetía una y  otra vez a lo largo y ancho de tu cabeza: “¿Y yo? ¿Dónde estoy yo?”.

Recuerda que te sentías mal y no sabías el porqué, y en un momento te dio la impresión que tu vida no era tuya. En suma, no te reconociste.

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Este mundo también debe ser habitable para ti.

Recuerda que tienes una vida y no demasiado larga. Recuerda que te debes, en primer lugar, respeto y cariño. Y dártelo no significa egoísmo, todo lo contrario. Entérate de una vez que la mejor forma de cuidar a los tuyos es cuidar de ti en primer lugar. Y para cuidar de ti necesitas obligatoriamente tiempo y espacio.

Ese tiempo que, en parte por cumplir tus sueños, en parte por tu sentimiento de culpa por disponer de tiempo que tu crees que les estás robando a los tuyos (no lo disfraces de obligaciones, no merece la pena. Las obligaciones son de todos, no solo tuyas y en todo caso son voluntarias y aceptadas, o deben serlo), ahora no tienes. Ese espacio en el que tú y solo tú puedes estar contigo. Pensando, sintiendo, preguntándote y respondiéndote. Ese espacio necesario para reencontrarte, para mirar dentro de ti o simplemente para estar o para ser. Como en esa noche en la que el insomnio te puso delante aquello que no querías ver.

Algunas personas lo encuentran en una actividad que les gusta y otras en el silencio, simplemente dejándose ir. En los cursos pregunto con qué frecuencia se reúnen los asistentes consigo mismos, en contraposición a la cantidad de reuniones de trabajo y personales tienen. Con que calidad hacen su trabajo o que calidad propia les dan a los demás en contraposición a la calidad que se proporcionan a ellos mismos. Tengo comprobado que esto “descoloca” y provoca, cuando menos, la reflexión en alto.

El doctor Walter Dresel en su libro “Toma un café contigo mismo” dice que dialogando contigo mismo aprenderás a creer en ti de nuevo. No te lo tomes a mal, pero creo que, si te identificas con la historia anterior, has dejado de hacerlo. Has perdido tu esencia y tu sitio y debes empezar a recuperarlo.

Repito. No es egoísmo. En pocas palabras, necesitas volver a conocerte de nuevo. Volver a saber quién eres y por qué y para qué haces lo que haces. Recuperar tu lugar en el mundo para volver a recuperar tú autoestima, tu felicidad. Solo así vas a poder dar lo que quieres, lo mejor de ti.

Y por supuesto, puedo ayudarte en ese camino si lo necesitas. Sabes de sobra que #tienescoaching.

By | 2017-10-15T14:33:44+00:00 septiembre 30th, 2017|Coaching, Desarrollo personal|0 Comments

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